La mañana que precedió a su muerte, Gandhi pronunció unas proféticas
palabras: "Si todos los que ahora me escucháis caminarais hacia la paz
por el sendero de la no violencia, me iría de este mundo muy satisfecho,
aunque muriera abatido por la violencia de los fusiles". Menuda
puntería la suya, la misma que tuvo, sólo unas horas después, el hombre
que le descerrajó tres tiros en el pecho cuando el líder indio se
dirigía a los rezos de la tarde. Su muerte se consideró una catástrofe
internacional y la condena fue unánime. Hasta la Asamblea de Naciones
Unidas declaró un período de luto, y esto ha ocurrido muy pocas veces.
Dos millones de personas acudieron a los funerales del "alma grande".
Eso significa Mahatma, alma grande, y aquel pedazo de alma se hizo humo
en una impresionante pira funeraria de madera de sándalo en la ciudad
de Allahabad. Allí confluyen los ríos Ganges y Yamuna, y un tercero que
sólo existe en la mitología hindú, el Sarasvati, una poderosa coriente
de propiedades purificantes. En esa confluencia debían diluirse parte de
las cenizas de Gandhi, porque otra parte aún pulula por la India en un
rito de veneración que el líder jamás hubiera aceptado.
Gandhi, aquel que nunca dejaba que muriera el sol sin que antes
hubieran muerto sus rencores, desapareció hace pocos años, y con este
hombre calvo y delgaducho que logró la independencia de todo un país con
su voz y en taparrabos, también se fue el Mahatma. Su gran alma se
quedó sin hueco en un mundo violento.
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